La aparición del diablo en el discurso contra la brujería: ¿Cómo se termina convirtiendo la bruja en una hereje?

En el anterior artículo vimos como por antiguas autoridades como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la demonología y la teología del Diablo se perfila y se racionaliza. El fenómeno de represión y persecución contra los cátaros está relacionado con este proceso, puesto que en realidad  algunos apuntan que su directa vinculación con el diablo no es una demonización gratuita, sino que sus influencias maniqueas y su teología, influirán notablemente en la configuración de sus acusaciones. Así mismo debemos de tener en cuenta que el Diablo y su figura están insertos en la vida cotidiana de las gentes medievales y más aún de los campesinos.

Ya hemos comentado que se trata de una verdadera obsesión cuyo origen es localizado por algunos investigadores en la creencia de los demonios personales que podemos encontrar en  los monasterios, que a su vez viene de la obsesión por el diablo de muchos ascetas. Así está mas que cristalizada la creencia del  diablo y los diablillos que dificultan la labor del monje y el retiro del que se marcha para encontrar a Dios. Pero este diablo es “el tentador”, incluso “gracioso” como el “jocosi”, que invitaba a los monjes a contar chistes en el refectorio. Es en el monasterio donde surge la obsesión por la figura del diablo y desde aquí, se termina popularizando a través de las colecciones canónicas y sumas teológicas. Se extiende la creencia  en los diablos invisibles que están presentes en todos lados, y los Examplas medievales serán un buen ejemplo de este fenómeno.

La figura del diablo es la antagónica de Dios y su forma de proceder son los engaños, las ilusiones y los bienes de este mundo.  Todo lo que se representa en los relatos e historias son un fiel reflejo de la realidad del momento, de hecho es a través del estudio de la literatura, desde donde podemos darnos cuenta de todo este fenómeno. Una gran obra que recoge lo que comentamos es “Los milagros de Nuestra Señora” de Gonzalo de Berceo.  Así, aparece un pacto de vasallaje con el diablo que es un claro pacto con el demonio donde se abjura de un señor (Dios), para prestar servicios a otro señor (Diablo), encomendándose a él y a su protección basándose en la misma relación del do ut des. Nider  en 1437 , será uno de los primeros que considerará el pacto diabólico como una forma de brujería y por tanto de herejía. En este relato es clara la influencia de la leyenda bizantina de Teófilo que penetra en Europa en el siglo XI, produciéndose su extensión en los siglos XII y XIII con los cultos marianos. En esta  leyenda bizantina aparece la idea de pacto diabólico individual. Hasta entones las prácticas mágicas eran un pecado mortal, pero no suponía una apostasía o la renuncia a Dios. La mayoría de los conjuros y los hechizos se hacían en nombre de Dios, de la Virgen, de Jesucristo o de los Santos. La vinculación con el demonio debemos de entenderla como un proceso lento que lleva inserta la renuncia a Dios para unirse al Diablo.

Cuando el mito de la bruja se termine de construir,  se convertirá en la esclava y sierva del Príncipe de las Tinieblas. La figura de la bruja es construida a través de figuras conocidas como la del nigromante  con su invocación de los demonios y el pacto con el diablo. Del hereje tomará la idea de renegar de Dios y el procedimiento legal relacionado con el mismo. Por último, toma de la figura del maleficus altomedieval sus malas prácticas basadas en el odio y en la envidia. Esto nos demuestra lo enraizada que está la creencia del “mal de ojo” en el mundo antiguo, más allá de meras supercherías, pues nos encontramos la figura de los tempestarii (conjuradores de tormentas) y en los ya mencionados maleficus. 

La Iglesia y la Inquisición necesitaban identificar la brujería con la herejía para poder tener jurisdicción sobre esta. Un proceso clave, pues de este modo,la brujería se confirma como un fenómeno real y se empieza a luchar contra ella directamente. Esto es lo que la Iglesia progresivamente irá realizando,  por medio del Diablo y su mediación. Pero este proceso ya había sido alumbrado por las primeras hogueras. Hogueras que ya aparecían en la práctica pagana, pero sería Federico II, quien en el siglo XIII vincula la hoguera contra el hereje, y posteriormente contra la bruja. Este proceso que está basado en los códigos de Teodosio y Justiniano  destaca la herejía como un crimen lesae maiestatis. De modo que la bruja, el hechicero o la curandera, solo podían ser llevados a la hoguera si sus delitos se igualaban a la herejía.  

Aún así, el proceso de definición de lo herético fue paradójico, pues en vez de delimitar y concretar qué se consideraba herético, se amplió la definición de lo que se consideraba hereje.  Esto generó verdaderos enfrentamientos en el seno de la Iglesia pues algunos papas y reyes limitaron el campo de acción de la Inquisición. Un ejemplo es el de Inocencio IV, que en el 1256 y 1260 advertía  a los inquisidores que solo pusiesen atención en los brujos y en las brujas sospechoso de herejía. En la teoría, a estas alturas, la relación entre herejía y brujería no estaba madura, pero desde la práctica ya se estaba llevando a cabo. Caro Baroja nos recuerda como Gregorio VIII advertiría al rey Danés que se cuidara de la persecución de mujeres inocentes. Mientras que León VII, llegó a dejar claras las instrucciones al arzobispo de Lorch en 936 diciendo “[…] la justicia eclesiástica les perdona la vida para que hagan penitencia”.

Lo que sí que nos vamos encontrando a lo largo del XIII, XIV y XV son obras y textos que vinculan las prácticas paganas y mágicas a lo demoníaco.

Antes de acabar este artículo, mencionaremos tres movimientos o fases clave para entender  el fenómeno de demonización.

  1. En un primer momento la Iglesia trató de asimilar las prácticas y los cultos con los que se había encontrado.
  2. Seguidamente se produce una fase de folkrorización por el cual la cultura anterior sigue presente pero se presenta como inferior.
  3. Al seguir persistente y no poder hacerla frente se lleva a cabo la expulsión, es decir, la asimilación y caracterización de los antiguos cultos y prácticas mágicas como algo contracultural o incluso, como una cultura diabólica.

 

Jorge Velasco Gonzalvo.

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