Breve análisis contra lo mágico hasta el siglo XIII en Europa.

La creencia en las brujas en el Occidente cristiano según algunos historiadores, tiene sus orígenes en la superstición precristiana de pueblos orientales como el de los caldeos o los egipcios, pero tampoco podemos tampoco olvidar el mundo de las creencias y de la literatura grecoromana. Así mismo, el mundo celta y germánico también influiría notablemente en esta cuestión, pues su politeísmo y animismo daba cabida a seres y espíritus que requieren de una mediación humana.

En el anterior artículo hemos visto como dentro del  mundo romano una práctica era lícita o ilícita según quien la realizase y como la realizase. Por ejemplo, la práctica de la aurispicia era ilícita si se llevaba a cabo en privado. En general y de forma progresiva, la práctica mágica termina quedando ligada al crimen maiestatis, concepto de la ley constantiniana, que pasará al Código de Teodosio y a su vez retomada y usada por Federico II Hohenstaufen en el siglo XIII .  Es importante entonces destacar que la postura anti-mágica cristiana no es ex novo, sino que sigue una tradición anterior, como la postura de los autores clásicos o los textos bíblicos del Antiguo Testamento: “Todo hombre o mujer que evoque a los muertos y se dé a la adivinación será muerto, lapidado; caiga sobre ellos su sangre” (Lev., 20, 27) o el pasaje  “No dejarás con vida a la hechicera” (Ex., 22, 17).

En los primeros años de la Iglesia medieval, la práctica de la magia y las figuras de las hechiceras o curanderos y viceversa, estaban “permitidas”. Siguiendo a Franco Cardini , estas prácticas no alteran ni suponen un gran problema para el orden “ético, social y jurídico”. Para poder entender este hecho tenemos que acercarnos al fenómeno de la cristianización, sobre todo en los territorios germanos. La mayoría de los autores en este sentido hablan de una cristianización superficial donde solo las élites y los grupos de poder son sujetos de una  conversión, fruto de alianzas. La mayor parte de la población sería cristiana nominalmente, pero mantendría sus antiguas prácticas tradicionales. Los procesos de bautismos en masa preocupaban de facto a muchos eclesiásticos por no proceder de un verdadero sentimiento y voluntad por parte de las personas que reciben el sacramento.

Las tradiciones antiguas no desaparecieron de la noche a la mañana y se mantuvieron más o menos en clandestinidad a lo largo del tiempo. Por otra parte, desde San Agustín los antiguos dioses paganos van a empezar a ser sujetos de una progresiva demonización  que se extenderá como consecuencia a sus fiestas y celebraciones. Este proceso es sumamente complejo; el gran medievalista Jaques le Goff defendía que el triunfo de lo que podríamos denominar como cultura eclesiástica sobre las viejas tradiciones campesinas se debía a tres métodos de actuación:

1.Destrucción pura.

2. Obliteración, es decir, la sustitución de los anteriores cultos por cultos cristianos parecidos, y en último lugar,.

3. Desnaturalización, basada en la mutación de los significados anteriores por los de la nueva fe.

Por lo general la Iglesia tenderá a la reformulación de esas tradiciones, mitos, celebraciones, ritos y divinidades, en claves cristianas. Allí donde había un lugar sagrado se erige una Iglesia a un Santo. Se trata de redirigir el antiguo culto a la nueva fe; la eliminación radical de tradiciones y cultos anteriores no es muy común. Esto tendrá como consecuencia  la pervivencia en segundo plano de las antiguas formas de culto y tradiciones. Que aunque estuvieran descontextualizadas y sin el mismo sentido ritual que en el pasado, seguían practicándose. Así terminan siendo consideradas como supersticiones que englobarían las antiguas tradiciones, mitos, o relatos bajo el nombre de supersticiones.

En cuanto a las prácticas que denominamos mágicas, pasará lo mismo. Muchas de ellas sobrevivirán y de hecho se adaptarán a la nueva fe: Si algo define a la magia es su carácter sincrético. De tal modo que “si funciona”, lo adopto aunque no entienda el verdadero sentido original. Este es el caso de las loricae celtas, donde se usan símbolos, oraciones e invocaciones a los santos, a la Virgen y al Dios cristiano. La magia, tanto en el mundo germano y celta, como en el mundo mediterráneo va a subsistir y va a estar “oculta” a lo largo de toda la Edad Media. 

Por lo tanto, todo este grupo de tradiciones y prácticas mágicas terminan siendo consideradas por la Iglesia Altomedieval como supersticiones que no le preocupaban demasiado. Sin embargo, las figuras de la curandera, el hechicero y el herrero, en la Alta Edad Media seguían siendo personajes que generaban miedo y temor al resto de la sociedad. Su sacralidad y su halo de misterio originarios no  habría desaparecido aún, y se perpetúan como figuras de poder que inspiran terror y desconfianza. De todas maneras, aunque exista una suerte de desinterés de la Iglesia por estas prácticas, desde San Agustín, la magia se había interpretado como una falacia y un engaño del mismo diablo para con los hombres, sobre todo para los crédulos y faltos de fe.

El Canon Episcopi será una obra clave para este estudio y uno de los textos referentes en este periodo. Su origen es  carolingio, aunque se le atribuyó apócrifamente al Concilio de Ankara de 314; de hecho tenemos dos ediciones del siglo X y XI de Regino de Prüm y Burcardo de Worms. Pero la especificidad de este texto reside en su contenido, pues en su versión más completa y extensa nos encontramos con la mención a Diana, la diosa pagana, como señora de las huestes de mujeres demonio. Es en este texto donde se describe ya lo que posteriormente será conocido como “Cabalgatas infernales” que parece ser que nos llega desde la tradición germánica de los Wilde Jagd.  Nos encontramos ante un escrito que habla de ilusiones y no de realidades. Habla directamente de la imposibilidad de los hechos descritos y de la situación de pecado de aquel que creyese en estas actividades, consideradas como una ilusión. Nos movemos entonces en un plano de desacreditación moral de los mismos, no obtenían por tanto, credibilidad por parte de la Iglesia. 

Llegados a este punto  advertimos que desde más o menos la Reforma Gregoriana  hasta la aparición de las primeras órdenes mendicantes, la vieja magia parece quedar fuera del objetivo de la Iglesia, cosa que menciona también Jean Claude Bolongne, junto a Franco Cardini. Pero como veremos, esta aparente indiferencia se tornará en una explosiva actividad contra lo mágico. En este sentido, al intentar clarificar el por qué la Iglesia pierde el interés por estas prácticas, se ha vinculado este fenómeno como resultado de los cambios que se producen en el siglo XI. En este siglo la roturación y el cultivo de nuevas tierras trajeron consigo la movilización de la población campesina y de las comunidades de población. De modo que, al movilizarse una comunidad, el río, el bosque o el megalito que tenía un carácter sagrado para una comunidad en concreto, al moverse esta, caería totalmente en el olvido. Por lo tanto, estaríamos frente a un desarraigo y desnaturalización de prácticas de comunidades que  se trasladan a otros ámbitos geográficos. Considero que esto puede ser una forma de intentar explicar este fenómeno de aletargamiento, pero no es la única razón del mismo. Lo que parece innegable es que el diablo y todo cuanto se consideraba relacionado con él se convertiría en una verdadera psicosis a finales del siglo XIII.

Jorge Velasco Gonzalvo.

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