Abordando los estudios sobre brujería medieval.

El estudio del fenómeno de la brujería y la magia medieval parece que ha revivido y reenfocado su dirección en los últimos años. Mucho se ha escrito acerca de estos temas, pero como  advierten la mayoría de los autores como Franco Cardini, se ha hecho (y se sigue haciendo) desde la generalidad y desde posturas reduccionistas que ignoran la complejidad poliédrica del fenómeno.

Desde los años ochenta tenemos a grandes investigadores como Joshep Hansen y Henry Charles, a los que no podemos olvidar pues sus obras son básicas para la introducción al estudio de este fenómeno. Tanto Hansen como Charles consideran que la brujería fue una invención de la Inquisición. Parecía que tras sus obras  el debate se había cerrado, pero el fenómeno ha seguido siendo estudiado desde un enfoque y una postura multidisciplinar. Hablamos de disciplinas como la filosofía, la teología, la antropología, la historia de la cultura, de las mentalidades y la historia de las religiones. Cada disciplina por su parte ha dado grandes frutos en los últimos años con diferentes enfoques que de otra manera eran difíciles de iluminar.  Hansen, como comentábamos antes, partiría de la idea por la cual la brujería era producto de la teología cristiana medieval y la Inquisición, culminando este fenómeno en la asimilación de la brujería con la herejía. Charles Lee  afirma en esta línea que la brujería es sólo y exclusivamente un producto del siglo XIV, idea de la cual partiremos en esta serie de artículos. De modo que  antes del siglo XIV,  nos encontramos con hechiceros, hechiceras, adivinos, encantadores, curanderos, curanderas (maleficae, strigae, lamiae, herbae,sortilegi), pero nunca con brujas, al menos brujas caracterizadas como la bruja moderna que tiene un pacto con el Diablo. El término bruja y brujería nos pone en un contexto mucho más avanzado siendo resultado de la conformación y racionalización de un discurso particular dentro del seno de Iglesia. Esto es importante destacarlo porque la gran cantidad de obras sobre brujería moderna parece que ha tenido como consecuencia la imposición de la bruja moderna sobre las antiguas hechiceras y hechiceros de la Antigüedad y el Medievo. De modo que en tanto que medievalista y apasionado por el medievo, debo de  hacer especial distinción entre la bruja o hechicera medieval y la moderna.

Vicente Romano, otro autor que mencionaremos en los artículos, habla de tres causas de la sociogénesis de la brujería: el factor económico, el mitológico y el eclesiástico. Desde la más remota antigüedad de la historia humana este autor relaciona la misoginia con la ruptura del modelo matriarcal y todas las consecuencias que genera dicha ruptura. Quizás a mi parecer  algunas de las afirmaciones de Vicente Romano son un tanto desmedidas pues parte de un feminismo que permea y oscurece su aproximación científica.

Por otra parte en los estudios sobre la brujería un problema fundamental que nos vamos a encontrar es el debate sobre su origen. Desde Margaret Murray en su obra “Witch Cult in Western Europe”  ya se apunta a que el origen de la brujería se encontraba en la supervivencia de una serie de prácticas paganas relacionadas con cultos precristianos de la fecundidad que no habían desaparecido del todo durante la cristianización y la Edad Media. Murray relaciona directamente la brujería con cultos paganos a la fecundidad, además de añadir un factor de rebeldía y alteridad de estos cultos frente a la Iglesia y las autoridades civiles. Si bien es cierto que  en los estudios de brujería en el ámbito europeo la fertilidad parece haber tenido un papel muy importante, uno de los frentes de críticas que recaen sobre Murray hacen especial hincapié en su uso interesado  de las fuentes y penosa metodología para construir una visión romántica donde la brujería y la fertilidad eran una, y donde la bruja, al igual que afirmaba Jules Michelet, era una rebelde social.

Esta teoría de la bruja como rebelde social pervive todavía en muchos estudios aunque Franco Cardini entre otros considere que ha sido olvidada. Sin embargo en obras recientes como las dirigidas por Stratton, la idea de rebeldía e inconformismo sigue presente. Quizás la cuestión gira más en torno al nivel de importancia que queramos dar a este factor que no deja de ser importante, pero no el único. Actualmente la mayoría de los autores coinciden en que la brujeriá se trata de una serie de prácticas mágicas que estaban insertas dentro del paganismo que nunca desaparecieron, sino que se sincretizaron y se reacomodaron. En los primeros tiempos de la Edad Media  esos cultos y esas prácticas fueron tratados por la Iglesia como supersticiones, negando su realidad,  y fueron consideradas casi como ilusiones. Sin embargo,  a lo largo del siglo XII y XIII, y de forma más acusada en el XIV, se reformulan como algo demoníaco y posteriormente se asimilan con lo herético. Un discurso complicado y bien estructurado que se basa en la aparición y mediación de la figura del diablo.

Estudiar la brujería y a las brujas, es estudiar una serie de sectores marginales de la sociedad medieval. Este tipo de historiografía cobra especial importancia a partir de la tercera generación de la escuela de los Annales, donde los grupos sociales, personajes y temas que hasta entonces habían sido considerados como marginales, empiezan a pasar a un primer plano en  los estudios. Así, los protagonistas a partir de ahora será el campesino, el villano, el asesino, el leproso, el gitano, el judío, el tullido, la prostituta o la bruja. Este nuevo enfoque en la historiografía francesa también trajo consigo el carácter multidisciplinar de los estudios, donde sobre todo la antropología en combinación con la historia, tiene un especial papel. Aunque no podemos olvidar los estudios históricos combinados con la filología, la filosofía etc.

Este enfoque se hace evidente en los tres grandes sesgos que nos encontramos cuando queremos enfrentar un estudio sobre la brujería medieval: nos encontramos por una parte el estereotipo del género (la bruja esencialmente es mujer), por otra el relacionado con el nivel cultural (la bruja es iletrada) y finalmente el social (la brujería se relacional directamente con ciertos sectores de la sociedad considerados como marginales: ancianas, prostitutas, judíos, musulmanes, gitanos, leprosos, tullidos).

Para acabar este primer artículo de la serie debemos de mencionar que nuestro estudio tiene también una perspectiva y un enfoque desde el  género y los estereotipos, de modo que conviene hacer un seguimiento a lo que se ha estado haciendo en este ámbito. Desde la segunda mitad del siglo XX (1970-1980) los estudios de feminismo y género  han ido incrementando progresivamente su importancia. Este interés por destacar el papel de la mujer en la historia y en todos los ámbitos también se traslada al estudio de las religiones (1990-2000), especialmente en lo que se refiere al poder ritual, multiplicándose los estudios de género en la práctica mágica, sobre todo en la literatura antigua. Empiezan a surgir estudios como los de Kimberly Stratton, con un enfoque diferente, cuyo epicentro son los estereotipos del género en la práctica mágica. Esto ha tenido como resultado la multiplicación de los estudios de género donde la figura se la mujer se recupera, pero también ha tenido el efecto “contrario” al rescatar, por ejemplo, la figura del hombre en ámbitos de estudio tradicionalmente ligados a lo femenino. Este tipo de estudios trata de recuperar y dar también visibilidad a los hombres, como es el ejemplo de la obra  “Male Witches in Early Modern Europe”  donde Lara Apps y Andrew Gow, rescatan la figura del brujo en la práctica de la brujería moderna.

La aproximación al estudio de la brujería desde una óptica  que considere el estereotipo de género ha sido llevada en ocasiones al extremo donde más que trabajos de investigación nos encontramos con verdaderos discursos reivindicadores e ideológicos. Dentro de los estudios de género sobre la brujería surgen teorías  interesantes como la de Christina Larner que argumenta que detrás del fenómeno de represión de la brujería existe un interés último basado en el control de la conducta femenina. En esta línea  Joseph Klatis ve en la posterior “Caza de Brujas” una especie de control social aliado con las reformas morales abanderadas por la Iglesia. De tal modo que todo estuviese fuera de su concepción se consideraría directamente satánico.

Jorge Velasco Gonzalvo.

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